Publicado: 10 de Junio de 2018

“¿Un museo? ¡¡Menudo rollo!!”

“¡Buah! Un museo”

“¿ Un museo para ciegos? Eso es imposible…porque no ven”

“¿Museo tiflo qué?”

Éstos fueron algunos de los comentarios que nuestros soltaron por sus boquitas cuando les hablamos de la primera salida que haríamos, en la que visitaríamos el MUSEO TIFLOLÓGICO DE LA ONCE. Es muy común asociar la idea de museo con aburrimiento, reliquias polvorientas y señores con gafas que usan un lenguaje redicho cuya idea de diversión es rellenar sudokus o traducir jeroglíficos y textos del latín al griego clásico.

Y luchar contra esos prejuicios es uno de los objetivos de nuestro campamento: aprender, la cultura y los museos pueden ser interesantes, incluso divertidos.

Cuando les hablamos del museo de la ONCE no imaginaban cómo podría disfrutarlo la gente invidente. Según ellos, los museos son para VER cuadros y momias.

Por lo tanto, antes de la salida hicimos una serie de actividades en las que tapamos los ojos a nuestros alumnos y les propusimos realizar acciones tan básicas como ir de una clase a otra, coger un vaso de agua y beber o dejar un libro en su sitio. Entre carcajadas, agua derramada y algún que otro tropiezo empezaron a comprender la dificultad del día a día que supone la carencia de visión. Y tras esto, les propusimos que pensasen en posibles mejoras que les hicieran la vida más fácil, que investigaran sobre cómo leen, cómo se mueven por la ciudad, etc.

Una vez que tenían una idea sobre lo que ser invidente implicaba, llegó el día de la visita. La perspectiva de una mañana en un museo les seguía pareciendo aburrida, pero la cosa cambió cuando les comentamos que era un museo especial, porque era el único museo en el que se PUEDE tocar TODO!!! Y no solo se puede, sino que se DEBE TOCAR TODO!

La primera sala que visitamos fue la de los monumentos del mundo. Detalladas reproducciones del Acueducto de Segovia, La Cibeles, el Taj Mahal, el Partenón, la Torre Eiffel y un largo etcétera llenaban la estancia. Tras dar una “vuelta alrededor del mundo” vendamos los ojos a nuestros alumnos y, uno a uno, les pusimos frente a un monumento y les pedimos que lo tocaran detallándonos lo que iban descubriendo y, al finalizar, el nombre del monumento en cuestión. También hubo muchas risas, y el resultado fue sorprendente.

Tras esta sala, visitamos la exposición de arte y después los inventos, que nuestros chicos iban recorriendo, anotando en su cuadernillo de actividades, observando y comentando con los compañeros. Al finalizar la salida les volvimos a preguntar qué les parecía la idea de visitar un museo y todos habían cambiado de opinión. Los museos podían ser algo divertido.

¡Misión conseguida!

En la galería de imágenes podéis leer varios comentarios que escribieron en nuestros cuadernillos de actividades. Algunos son de lo más tronchante.

Si queréis visitar el Museo Tiflológico, se encuentra en la Calle la Coruña, 18. Os lo recomendamos… y nuestros niños también.